Work in progress 👩🏻💻
Capsule 5 - On exhaustion, identity and the aesthetics of productivity.
Siento no haber escrito antes, estaba trabajando.
He estado trabajando tanto que no he podido volver a escribir en un año, pero he estado pensando muchísimo en qué quería escribir: en cómo me relaciono con el trabajo. Y no quiero que esto sea como el típico meme de “cuando un hombre se pone intenso y te hace una reflexión que hiciste tú con tus amigas en 1º de la eso”; pero desde que vi Severance me he obsesionado con la dualidad entre la vida laboral y la vida “real”. La llamamos así, “vida real”, como si todo lo que pasa en la oficina no lo fuera.
¿Me haría un Severance si pudiera? No lo sé. Creo que no podría trabajar sin todo lo que he aprendido o vivido fuera del trabajo. Pero lo que más me asusta es lo contrario: pensar si podría vivir sin saber nada de mi trabajo. Sin que aquello que hago para ganar dinero tejiera también mi identidad.
Una amiga guapa y lista, siempre nos animaba a presentarnos sin mencionar nada de nuestro trabajo. “Hola, soy Alba, tengo 31 años, me gusta la música, leer, bailar, cantar, desayunar, escribir y estar con mis amigas”. No es tan fácil y hace que te des cuenta de lo profundamente integrado que tenemos definirnos por lo que producimos, como si nuestra experiencia en el mundo se subrayara por aquello que hacemos para pagar el alquiler.
No sé, siento que no es que nuestra generación rechace el trabajo, creo que rechazamos una relación específica con el trabajo basada en el agotamiento, en la disponibilidad constante y en la identidad productiva total. Una enfermedad que, por desgracia, yo también padezco.
La perversión aquí es que hemos interiorizado tantísimo la lógica de la optimización, que lo hemos trasladado al descanso, al ocio, a cómo cuidamos de nuestro cuerpo… básicamente a cualquier cosa que hacemos. Igual que en Severance, vivimos dentro de una contradicción constante: queremos escapar de la cultura del rendimiento, pero seguimos hablando el lenguaje del rendimiento.
Esto tal vez te sonará: no quiero solamente trabajar, voy a estudiar, pero entonces tengo que examinarme y conseguir un título; me gustaría leer, pero entonces tengo que actualizar mi Good Reads para que vean cuánto leo; quiero hacer cerámica, pero necesito sí o sí terminar esta pieza y subirla en un stories. Buscamos escapar del trabajo y acercarnos al cuidado, pero lo hacemos desde la misma lógica productiva de maximizarlo todo.
Voy a intentar resumir todas estas ideas en un #MorningStatus de cinco puntos. Pero calma, habrá memes y nadie tendrá que entregarme un resumen al final. No pienso evaluar vuestra performance a partir de esto.
Vinga, som-hi. Let me share my screen.
1. Agothadas
Una de las ideas más repetidas que he leído sobre la relación de la Gen Z con el trabajo es que llegamos agotadas demasiado pronto. Si antes el pico del burnout se experimentaba alrededor de los 40, ahora ocurre antes de los 30.
Entramos en un mercado laboral en un contexto de crisis permanente y vivimos bajo una sensacion continua de incertidumbre económica, climática, tecnológica, y por qué no decirlo, también emocional. Nuestra generación no se quema después de décadas trabajando. Se quema intentando construir una vida en un sistema que nunca parece estabilizarse. Y aun así seguimos preguntándonos por qué la Gen Z presenta peores índices de salud mental que cualquier otra generación. El trabajo ya no promete estabilidad y el futuro se percibe, como mínimo, frágil.
Pero tranqui, que no voy a acabar esto así. Y es que quizás nuestra verdadera habilidad generacional sea otra: sobrevivir haciendo edits de TikTok con música de Zara Larsson mientras el mundo arde un poco alrededor. Porque ni el #HopeCore es solo frivolidad, ni el #TragicOptimism simplemente una forma de hacer memes. A veces, como dice la canción, reírse es lo más serio.
2. Ambiciosas o conformistas, pero siempre desmedidas.
Seguimos teniendo una ambición desmedida, como diría C. Tangana, pero ya no esperamos realizarnos únicamente a través del trabajo.
Hace unas semanas leía un artículo de El País que hablaba de cómo la Gen Z está redefiniendo lo que significa el éxito. Ya no soñamos necesariamente con escalar en la oficina, ni con conseguir roles de liderazgo. Valoramos más la flexibilidad, el sentido de lo que hacemos, la salud mental y la posibilidad de conciliar con nuestra vida personal. No buscamos solo un ascenso; buscamos cierta coherencia entre la vida y el trabajo.
Aquí aparece una tensión importante, y es que el sistema laboral tradicional interpreta esta búsqueda como una falta de compromiso y en consecuencia, crea una narrativa que presenta a la Gen Z como una generación desinteresada, poco resiliente o incapaz de comprometerse laboralmente. ¿Te suena el concepto de #LazyGirlJob?
Una vez un hombre me dijo (esta frase podria ser el título de un libro o un podcast) que yo no tenía ambición.
Un hombre más joven que yo cuestionó mi decisión de pasar de agencia de publicidad a marca, interpretándolo automáticamente como conformismo. En ese momento me quedé muda. La respuesta, obviously, se me ocurrió muchas horas más tarde, duchándome antes de ir a dormir. (¿Algún día podré responder al momento? Ufffffffffff).
Bueno, todavía estoy intentando descubrir qué significa realmente la ambición para mí. Pero hay algo que sí tengo claro: la Gen Z es extremadamente ambiciosa. Lo que pasa es que mide el trabajo con otros valores.
Para cerrar este capítulo, os quiero compartir el palabro que reinventamos con mi amiga Paula, mi estilista de libros favorita: ASAP. Sí, eso tan urgente que me estás pidiendo lo voy a hacer ASAP: al sofa amb pijama (en el sofa, en pijama).
3. Always conectadas, never desconectadas.
Uno de los fenómenos más interesantes es cómo la cultura laboral contemporánea ha eliminado progresivamente la separación entre vida personal y trabajo.
Un estudio reciente citado por Dazed revelaba que el 46% de la Generación Z elegiría ser “separada” emocionalmente de su trabajo si pudiera, en referencia directa a la serie Severance. La fantasía de dividir quirúrgicamente el yo laboral y el yo personal resulta cada vez más atractiva porque desconectar de verdad se ha vuelto casi imposible.
Aunque nuestra generación quiera separar vida y trabajo, en realidad experimentamos una fusión cada vez más total entre ambas. Socializamos a través del trabajo, en nuestras redes compartimos nuestros proyectos, tenemos blogs como éste en el que hablamos de lo que hacemos y, dentro de internet, prácticamente cualquier experiencia puede convertirse en contenido monetizable.
Todo es trabajo y todo es contenido. Todas, como dice Amaia, somos las más raras. Y por supuesto todas tenemos ADHD: A diva has distractions.
La oficina ya no termina físicamente. Teletrabajamos desde cualquier sitio, a veces solo necesitamos un teléfono, y el trabajo acaba convirtiéndose en una presencia psicológica continua: emails, Slack, linkedin, networking, marca personal, instagrams profesionales…
(¿Habéis visto el meme de la gente bailando al ritmo de la llamada de Teams? De verdad, me encanta internet.)
Un concepto que he descubierto hace poco y que me ha fascinado es el #taskmasking: fingir estar ocupada para parecer productiva. No puedo quedar tía, voy a full. No solo trabajamos: performamos constantemente la idea de estar trabajando.
Ahora en serio. ¿Cómo vamos a construir una identidad alejada de nuestra firma de mail si no paramos de romantizar el trabajo?
4. Precarizadas, pero guapas.
Resulta bastante paradójico que, mientras crece el agotamiento laboral, también crezca una fascinación por el imaginario corporativo. El #Corpcore es esto. Estetizar los símbolos de la oficina hasta convertirlos en una estética aspiracional; ¿o tú no has intentado replicar el Office Siren 🧜🏻♀️ en tus lookets?
La oficina se ha convertido en una fantasía visual incluso cuando la experiencia real del trabajo de oficina nos deja completamente agotadas. Pero, ¿y lo guapas que estamos con las gafas rectangulares y nuestro blazer oversize? Cuando el trabajo deja de ofrecernos una estabilidad real, almenos todavía puede ofrecernos una identidad visual.
5. Optimizadas, con la última actualización disponible.
Para terminar, me gustaría reflexionar sobre la última consecuencia de la self-optimisiation: el momento en el que una persona deja de ser solamente trabajadora para convertirse también en producto. Creo que esto se ve clarísimo en la tendencia del Sleepmaxxing: cuando dormir deja de ser un proceso natural y pasa a convertirse en rendimiento biológico, en un proyecto de optimización personal.
Atentas. Este término hace referencia a todas las técnicas destinadas a “mejorar” el descanso, como por ejemplo el mouth taping, los dilatadores nasales, las rutinas coreanas de diez pasos, las mascarillas nocturnas para despertarte glowy, el magnesio everywhere, la luz roja, los mocktails para dormir, o las apps que monitorizan el sueño.
Pero siento que aquí lo interesante no es tanto el fenómeno en sí, sino lo que revela culturalmente. La lógica de la productividad ha salido del trabajo y ha llegado a nuestro propio cuerpo. Dormir ya no es simplemente descansar: ahora también hay que hacerlo bien, optimizarlo y convertirlo en rendimiento. Y chicas, sinceramente, esto todavía se vuelve más terrorífico siendo una mujer que está aprendiendo a convivir con la presión estética.
En las primeras cápsulas hablaba de la Follower Gaze (de Mar Vallverdú) y de esa sensación de vigilancia digital. Bien, pues creo que hemos dado una pirueta más: ahora somos nosotras mismas quienes vigilamos nuestros hábitos, nuestro sueño, nuestro cuerpo, nuestra productividad y hasta nuestras emociones. Y cuidado, caution, porque la autooptimización puede parecer libertad, pero no deja de ser otra forma de presión.
El ocio, el descanso e incluso nuestros hobbies parecen necesitar una justificación productiva para tener valor: un Book Club, una cuenta de Instagram, contenido, una rutina, una estética, algo que pueda convertirse en una experiencia consumible.
Sinceramente, este mismo artículo probablemente también forme parte de eso. Horas leyendo artículos, guardando TikToks y acumulando reports para convertir todo ese consumo en una opinión, una reflexión o, como mínimo, algo útil. ¿Pero útil para qué? Soy una hipócrita, y esto es solamente una forma bastante snob de justificar mis seis horas diarias de móvil. (Marc, si has llegit fins aquí, doncs sí, tens raó).
Existe una retroalimentación constante entre ambas dinámicas: nos optimizamos para aprovechar mejor el entorno, y la presión por aprovechar el entorno exige seguir optimizándonos.
Antes el capitalismo explotaba el cuerpo. Ahora explota también nuestra identidad, nuestro tiempo, nuestro descanso, nuestra personalidad y nuestra capacidad de convertirnos siempre en una mejor versión de nosotras mismas.
Pero, ¿de verdad hace falta ser una versión mejor?
No sé, a veces pienso que tal vez seguimos enganchadas a Severance porque pensamos que si Helly R es capaz de escapar, tal vez nosotras también podamos.
Siento no haber escrito antes.
Estaba trabajando.










Sempre tan coherent i trient-me paraules de la boca!! Quin gust tornar-te a llegir, Alba :)
Observadora, curiosa y analítica como solo una Piscis podría serlo. Un placer leer en tus palabras reflexiones que se cruzan a veces por mi cabeza sin poder explicarlas ni por cerca con la elocuencia y frescura que manejas!